María Gabriela Simpson.
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05 febrero 2016
La novela de los viernes. Novela resiliente final.
Volvían con varias estrategias y muchas horas de diálogo, sin muchas expectativas para él y con muchos planes para ella: tenía la confianza de que sus estudios médicos saldrían bien y que si así no fuera tenía a quien recurrir. Sabía que tenía cerca muchas personas que la apreciaban y en la que ella creía. También volvían con la seguridad de que necesitaban esos espacios para mirarse y escucharse, algo más que verse y oírse.
29 enero 2016
La novela de los viernes. Novela resiliente 4.
... Por eso no dan más, se sienten agobiados y agotados. Pero en un rapto de lucidez la señora R siente que esta nueva señal de alarma puede ser la última, así que le pide a una amiga su departamento en una playa. Es pleno invierno por eso está desocupado. Prácticamente, sube a su marido como parte del mínimo equipaje al autito que con achaques la lleva y la trae de la escuela, y es el único vehículo que les quedó. Mientras viajaban en silencio pensaba en sí misma: se preguntó: ¿quién soy? Se respondió “Yo soy…”, comparó la respuesta con el pasado, pero no para quejarse ni lamentarse, sino para encontrar esa característica propia de la cual siempre se sintió orgullosa. También pensó en qué tenía, qué podía y cómo estaba. Quería definirse hoy pero también teniendo en cuenta lo que era antes y lo que deseaba ser.
Después de ese silencioso paréntesis, intentó crear un clima de diálogo afectuoso con su esposo. Le pidió a él que respondiera esas preguntas sobre ella y después sobre él. Hacía mucho que no se daban un tiempo para hablar así de esas cosas, hacía tiempo que no “filosofaban” como cuando eran más jóvenes. Se dijeron cómo se veían y sentían a sí mismos y al otro. Se reconocieron.
El señor R reconoció el error de ensimismarse, pero, hoy sin trabajo y sintiendo que no pertenece a nada, siente que nada puede hacer. No encuentra sentido ni siquiera a la experiencia de ser desocupado, no cree en ninguna solución, ni en la ayuda de nadie. Su esposa, en vano intentó durante los tres días que pasaron solos el convencerlo de que alguna salida existiría, si él creyera en ella. Le propuso acudir a un psicólogo, a un brujo, a una “ong” que trabaje en el tema, hasta buscar en Internet, grupos de autoayuda. Nada parecía sacarlo de su necedad, tal como la señora R definió a su posición. Ya en el colmo de su delirio por buscarle alternativas atractivas para que lleve a cabo, le habló del cuadro del tío P. El hermano de su padre fue durante su infancia un referente y una efectiva figura paterna reemplazante. Era un ingeniero soltero, apasionado por su trabajo pero también por la pintura. Todos los domingos lo llevaba a conocer distintos museos y le hablaba de las obras y de los pintores. Era pleno no solamente pintando sino admirando el arte y lo más importante era que tenía el poder de contagiarlo, como lo tiene toda persona apasionada en lo que haga. Era muy parecido a su hijo S. En la casa materna había quedado el último cuadro que pintó, ya anciano estaba empecinado en pintar el mar. Sostenía que era el tema más difícil de plasmar en una tela sin hacer el ridículo. Cuando terminó el cuarto cuadro de la tercera serie, después de años de haber tolerado los dolores de la artritis, dejó de vivir, mirando hacia ese mar infinito. El señor R amaba a su tío y a ese cuadro, pero nunca los había pensado como una salida a su crisis. Pensó sólo cinco minutos en la idea de la señora R de llevárselo a casa. Al cabo de ese tiempo la desdeñó, tendrían que pasar unos cuantos meses más para poder llevarla a cabo.
También hablaron de sus hijos, de cómo se comunicaban con ellos, los tiempos que les dedicaban, lo que les daban. Se dieron cuenta que S, a pesar de que era el que más problemas debía enfrentar era al que más estimulaban, apoyaban y escuchaban. Reconocieron que A era brillante y por eso lo habían sobrestimado y dejado de atender. Decidieron cambiarlo de escuela: a alguna que fuera aunque sea por referencias un poco mejor que la suya, más pequeña para que por lo menos pudieran reconocerlo; buscarle un club cercano para que haga algún deporte o alguna entidad municipal que en forma gratuita les ofreciera alguna actividad. A S, sólo debían observarlo y ver cómo iba creciendo, con menos preocupación, para no ahogarlo...
(Seguirá el viernes próximo.)
22 enero 2016
La novela de los viernes. Novela resiliente 3.
... Sus padres demasiado preocupados por sus trabajos, las deudas, los tratamientos del hermano, los problemas de salud y otros tantos más no se dan cuenta de su realidad. Se siente solo, está solo, casi todo el día. Ya ni la computadora le sirve, se rompió y no hay internet, sólo cuando encuentra algún peso perdido por la casa va al ciber y chatea un poco con amigos y desconocidos. Es una forma de hablar sin decirse nada o casi nada, por eso también sus amigos son desconocidos.
Al segundo hijo S, las cosas le van un poco mejor: por lo menos, recibe más atención de su madre. Pero llevar adelante su discapacidad no es fácil, va a una escuela pública para casos como los de él. Sus maestras y profesores, todavía tienen su vocación un poco entera. Al menos así es con la mayoría. Lo ayudan, le dan herramientas para aprender y para descubrir caminos para seguir. Tiene sueños, aspiraciones, proyectos, deseos. Quiere ser diseñador industrial, todo el día se la pasa dibujando objetos, máquinas, instrumentos para salvar dificultades como la discapacidad. Inventa, crea. En la escuela también tiene un profesor de educación física que es su referente, constantemente lo estimula, lo felicita, lo corrige, le marca sus errores con firmeza pero con cariño. Con él juegan los viernes a la noche al fútbol en el club del barrio con otros compañeros sordos.
El matrimonio R no logra encontrarse para dialogar, para mirarse a los ojos, perdieron sus tiempos de pareja, parece que hablan idiomas distintos. Sus situaciones individuales colaboran para ello. En lo laboral al señor R las cosas le van aún peor: la empresa en la que trabajaba como contador hizo reducción de personal y de un día para el otro lo convirtió en un desocupado. Meses de búsqueda infructuosa le fueron minando su autoestima y ahora ésta no le servía ni siquiera para mirarse al espejo y no ver a un desquicio humano. No cuenta con ningún apoyo social, por lo menos no lo siente.
La señora R trabaja mañana, tarde y noche en dos escuelas, en las que gracias a su antigüedad había podido acumular casi todos los cursos. Pero en el colegio en el que pasa más horas, es más o menos como el de su hijo A. La directora está con licencia desde hace años, la vicedirectora es una docente con una alta dosis de frustración e incapacidad a la que el sistema había premiado con un cargo jerárquico casi milagrosamente, ya que no puede manejar ni su vida. Sólo con dos o tres compañeras puede compartir sus ideales, casi destruidos. Quiere leer libros que no pude ni comprar, capacitarse, seguir estudiando: quizás una carrera universitaria: pero ¿cuál? ¿cómo? ¿cuándo?.
Así las cosas para la familia R cuando vuelven a aparecer de nuevo en el auto viajando. En este presente, con las fichas en el tablero ubicadas como están, sienten que nos dan más. Y ese punto aunque negativo, es la oportunidad que tiene para dar vuelta la situación, a partir de enfrentarse a ella: definirla, expresarla, darle forma frente a un otro y dentro de sí mismos. Para después instrumentar soluciones para resolverla, mejorarla o aceptarla tal como es para modificarse ellos mismos, recrearse sino se puede cambiar el afuera.
El disparador para aprovechar esta oportunidad es una nueva situación adversa: la señora R tiene un sospechoso bulto en un pecho. Acude a su médica, quien le indica procedimientos de diagnóstico, conversa con ella sobre las causas psicosomáticas del cáncer pero también en otros síntomas que son señales de alarma que el cuerpo da frente a problemas afectivos o emocionales...
(Seguirá el viernes próximo)
15 enero 2016
La novela de los viernes... Novela resiliente 2.
... sucedía a S. Después de muchos diagnósticos dan con una médica que encuentra la razón de su aislamiento, mutismo y silencio, S era sordo y por lo tanto mudo. Con la respuesta a la gran pregunta, no termina nada, sólo comienza un largo camino de rehabilitaciones, reeducaciones y nuevos aprendizajes y acomodamientos.
Ahora la familia R está agotada, cansada y desprotegida, no hay una red social que los contenga y ayude. Sólo cuenta con sus recursos psicológicos, porque los materiales ya se les acababan.
En medio de esa situación el padre de la señora R enferma de cáncer. Su pronóstico no es alentador, todo dependerá del estado del paciente, tanto físico como emocional. Los tratamientos son costosos y entre todos los hijos deben colaborar para sostener la situación, pero en el hospital obtienen una ayuda y un apoyo desde lo afectivo y social importante que los incentiva a seguir y los mantiene fuertes y unidos. Encontraron momentos de diálogo familiar, pudieron llorar juntos y también recordar viejos momentos en los que aparecieron dificultades. Entre lágrimas y sonrisas, recuerdos y chistes rememoraron momentos duros. El padre de la señora R expresó que aún encontraba razones importantes para vivir y que le daría lucha a la enfermedad. Los tratamientos no sólo eran costosos sino bastante dolorosos, su humor era cambiante y muchas veces aparecía enojado, pero el sostenimiento del personal del hospital y la tolerancia de su esposa y su familia, colaboraban con la situación para sobrepasarla.
La madre del señor R también comienza a dar señales de vejez y agotamiento. Cambió de médico y el nuevo, a parte de hacerle algunos cambios en la medicación que ya tomaba, conversó mucho con ella, le recomendó que asistiera a un centro de adultos mayores de la universidad donde daban cursos y talleres, muchos gratuitos y otros al alcance de una jubilada. Allí encontró gente que en un ambiente acogedor le ofreció una serie de actividades para realizar. Se anotó en las clases de yoga, italiano (idioma de sus padres que siempre había hablado mal) y de tango. Se reunió con su hijo y con su nuera y les comentó su decisión de cambiar de vida y aprovechar los últimos años que le quedaban, les dijo que no podía encargarse más de sus nietos todos los días y que si los sábados por la mañana ellos querían que fueran a su casa, ya que era el único día en que no tenía algún compromiso. Así los días se le llenaron de “haceres” que había elegido y que le permitían estar activa corporal, mental y socialmente. Las clases le ocupaban los días de semana y el domingo iba temprano a bailar a un centro de jubilados con sus compañeros de “tango”, hasta la nochecita. Ese día tan triste ya no lo era debido a los bailes domingueros en los que se divertía y estaba con gente de su edad, con la que planificaban y realizaban cosas adaptadas a su realidad y necesidades, ya no era un día vacío de contenido, como antes cuando durante toda la semana cuidaba a sus nietos, les lavaba la ropa y los extrañaba a horrores ese día domingo, el único en que no venían.
El hijo A está en plena adolescencia, descuida los estudios, sus calificaciones no son buenas y sus amigos de siempre no están: sus nuevos compañeros de aventuras no lo estimulan para lo mejor. No se queja ante los padres, no les muestra su incomodidad ante la situación de otra manera. Su escuela es una institución pública enorme, con cursos numerosos, una directora desbordada de problemas y sus profesores hacen lo que pueden entre un eterno ir y venir entre escuelas distantes unas de otras. No hay ninguno que le llame la atención por su comportamiento ni por su rendimiento. Sólo el preceptor le da señales de reconocimiento: firmas en el libro de disciplina, retos y actas, nada más.
Ahora la familia R está agotada, cansada y desprotegida, no hay una red social que los contenga y ayude. Sólo cuenta con sus recursos psicológicos, porque los materiales ya se les acababan.
En medio de esa situación el padre de la señora R enferma de cáncer. Su pronóstico no es alentador, todo dependerá del estado del paciente, tanto físico como emocional. Los tratamientos son costosos y entre todos los hijos deben colaborar para sostener la situación, pero en el hospital obtienen una ayuda y un apoyo desde lo afectivo y social importante que los incentiva a seguir y los mantiene fuertes y unidos. Encontraron momentos de diálogo familiar, pudieron llorar juntos y también recordar viejos momentos en los que aparecieron dificultades. Entre lágrimas y sonrisas, recuerdos y chistes rememoraron momentos duros. El padre de la señora R expresó que aún encontraba razones importantes para vivir y que le daría lucha a la enfermedad. Los tratamientos no sólo eran costosos sino bastante dolorosos, su humor era cambiante y muchas veces aparecía enojado, pero el sostenimiento del personal del hospital y la tolerancia de su esposa y su familia, colaboraban con la situación para sobrepasarla.
La madre del señor R también comienza a dar señales de vejez y agotamiento. Cambió de médico y el nuevo, a parte de hacerle algunos cambios en la medicación que ya tomaba, conversó mucho con ella, le recomendó que asistiera a un centro de adultos mayores de la universidad donde daban cursos y talleres, muchos gratuitos y otros al alcance de una jubilada. Allí encontró gente que en un ambiente acogedor le ofreció una serie de actividades para realizar. Se anotó en las clases de yoga, italiano (idioma de sus padres que siempre había hablado mal) y de tango. Se reunió con su hijo y con su nuera y les comentó su decisión de cambiar de vida y aprovechar los últimos años que le quedaban, les dijo que no podía encargarse más de sus nietos todos los días y que si los sábados por la mañana ellos querían que fueran a su casa, ya que era el único día en que no tenía algún compromiso. Así los días se le llenaron de “haceres” que había elegido y que le permitían estar activa corporal, mental y socialmente. Las clases le ocupaban los días de semana y el domingo iba temprano a bailar a un centro de jubilados con sus compañeros de “tango”, hasta la nochecita. Ese día tan triste ya no lo era debido a los bailes domingueros en los que se divertía y estaba con gente de su edad, con la que planificaban y realizaban cosas adaptadas a su realidad y necesidades, ya no era un día vacío de contenido, como antes cuando durante toda la semana cuidaba a sus nietos, les lavaba la ropa y los extrañaba a horrores ese día domingo, el único en que no venían.
El hijo A está en plena adolescencia, descuida los estudios, sus calificaciones no son buenas y sus amigos de siempre no están: sus nuevos compañeros de aventuras no lo estimulan para lo mejor. No se queja ante los padres, no les muestra su incomodidad ante la situación de otra manera. Su escuela es una institución pública enorme, con cursos numerosos, una directora desbordada de problemas y sus profesores hacen lo que pueden entre un eterno ir y venir entre escuelas distantes unas de otras. No hay ninguno que le llame la atención por su comportamiento ni por su rendimiento. Sólo el preceptor le da señales de reconocimiento: firmas en el libro de disciplina, retos y actas, nada más.
(Seguirá el viernes próximo)
08 enero 2016
La novela de los viernes... Novela resiliente
LA FAMILA R.
La señora R sentía que no podía más, su cuerpo ya estaba agotado y su cabeza no paraba de pensar. Todas las soluciones que se le ocurrían o se daba cuenta, al repensarlas, que no servían para nada o no resultaban al ponerlas en práctica. Sabía que había buscado ayuda en distintos ámbitos y con distintas personas, pero también sabía cómo le había ido: mal. Sentía que no podía enfrentar la situación que vivía y que cuando intentaba hacerlo lo hacía de una forma equivocada. Menos aún iba a pensar en sobreponerse a la realidad y la posibilidad de salir fortalecida o transformada de ella era inimaginable.
Al señor R tampoco la vida le sonreía, o mejor dicho él no podía sonreírle a la vida, o las dos cosas al mismo tiempo. Contrariamente a su esposa sentía que su mente no podía ponerse en funcionamiento, su cuerpo tenía fuerzas pero que se manifestaban con bronca y violencia. No podía siquiera pensar en sus problemas, que ya no eran uno sólo sino una maraña de dificultades, que no lograba ni siquiera separar ni identificar.
Así tal como estaban no podían dialogar, comunicarse el uno con el otro. Y además sentían que la situación era invariable e inmanejable. Hubieran deseado que de una forma mágica alguien les indicara qué debían hacer o que les administrara el remedio adecuado para curarlos. Estas visiones eran compartidas. Así iniciaron un viaje en auto hacia la costa desolada en pleno junio.
Pero ¿qué les pasaba? ¿cuáles eran las dificultades que enfrentaban?
La señora R venía de una familia tipo de clase media, que con cierta dificultad le había podido solventar su carrera: profesorado de lengua. No había sufrido grandes problemas en su infancia ni tenido que sufrir graves problemas. En los últimos años de su carrera conoció al señor R, estudiante de Ciencias Económicas, joven tímido, que había perdido a su padre siendo niño y al que su madre con esfuerzo había podido criar y dar una educación. Él con esfuerzo trabajaba y estudiaba, con él se casaría tres años después.
Habían podido construirse una pequeña casa, se recibieron, consiguieron trabajos acordes a sus estudios y pretensiones y al cabo de dos años tuvieron su primer hijo: A. Era un bebé vivaz y luego fue un chico vital, sano, que fue adaptándose sin problemas a la vida familiar. Enseguida fue a la guardería, después al jardín de infantes y así continuó con su vida escolar y social, sin dar señales de desajuste.
Cuando A tenía 7 años, se mudaron de casa a una de más valor, pero este cambio de vida los obligó a trabajar más y tener más capacidad de ahorro. En medio de esta situación de esfuerzo en lo económico la señora R queda embarazada, sin haberlo planificado, menos aún soñado. El embarazo es bastante problemático, sufre algunos problemas de salud que la obligan a estar en reposo, se altera el ritmo de vida, no pueden ahorrar tanto, lo que les trae dificultades no sólo económicas sino familiares. Entre medio de estos problemas nace S, otro varón: bello, hermoso, que los hizo felices y al que disfrutaron tratando de no dejarse invadir, por hipotecas, préstamos y apremios de dinero. La señora R comenzó a trabajar en cuanto pudo, a S lo cuidaba la abuela paterna, que rápidamente empezó a alertar a su hijo y a su nuera que ese bebé era tan silencioso como bello, su crecimiento daba muestras de dificultades. Algo no estaba bien. Después de un deambular interminable pos médicos, hospitales y especialistas que sólo cobraban dinerales que no tenían y que debía pedir prestado, decían no saber qué le... (seguirá el viernes que viene)
La señora R sentía que no podía más, su cuerpo ya estaba agotado y su cabeza no paraba de pensar. Todas las soluciones que se le ocurrían o se daba cuenta, al repensarlas, que no servían para nada o no resultaban al ponerlas en práctica. Sabía que había buscado ayuda en distintos ámbitos y con distintas personas, pero también sabía cómo le había ido: mal. Sentía que no podía enfrentar la situación que vivía y que cuando intentaba hacerlo lo hacía de una forma equivocada. Menos aún iba a pensar en sobreponerse a la realidad y la posibilidad de salir fortalecida o transformada de ella era inimaginable.
Al señor R tampoco la vida le sonreía, o mejor dicho él no podía sonreírle a la vida, o las dos cosas al mismo tiempo. Contrariamente a su esposa sentía que su mente no podía ponerse en funcionamiento, su cuerpo tenía fuerzas pero que se manifestaban con bronca y violencia. No podía siquiera pensar en sus problemas, que ya no eran uno sólo sino una maraña de dificultades, que no lograba ni siquiera separar ni identificar.
Así tal como estaban no podían dialogar, comunicarse el uno con el otro. Y además sentían que la situación era invariable e inmanejable. Hubieran deseado que de una forma mágica alguien les indicara qué debían hacer o que les administrara el remedio adecuado para curarlos. Estas visiones eran compartidas. Así iniciaron un viaje en auto hacia la costa desolada en pleno junio.
Pero ¿qué les pasaba? ¿cuáles eran las dificultades que enfrentaban?
La señora R venía de una familia tipo de clase media, que con cierta dificultad le había podido solventar su carrera: profesorado de lengua. No había sufrido grandes problemas en su infancia ni tenido que sufrir graves problemas. En los últimos años de su carrera conoció al señor R, estudiante de Ciencias Económicas, joven tímido, que había perdido a su padre siendo niño y al que su madre con esfuerzo había podido criar y dar una educación. Él con esfuerzo trabajaba y estudiaba, con él se casaría tres años después.
Habían podido construirse una pequeña casa, se recibieron, consiguieron trabajos acordes a sus estudios y pretensiones y al cabo de dos años tuvieron su primer hijo: A. Era un bebé vivaz y luego fue un chico vital, sano, que fue adaptándose sin problemas a la vida familiar. Enseguida fue a la guardería, después al jardín de infantes y así continuó con su vida escolar y social, sin dar señales de desajuste.
Cuando A tenía 7 años, se mudaron de casa a una de más valor, pero este cambio de vida los obligó a trabajar más y tener más capacidad de ahorro. En medio de esta situación de esfuerzo en lo económico la señora R queda embarazada, sin haberlo planificado, menos aún soñado. El embarazo es bastante problemático, sufre algunos problemas de salud que la obligan a estar en reposo, se altera el ritmo de vida, no pueden ahorrar tanto, lo que les trae dificultades no sólo económicas sino familiares. Entre medio de estos problemas nace S, otro varón: bello, hermoso, que los hizo felices y al que disfrutaron tratando de no dejarse invadir, por hipotecas, préstamos y apremios de dinero. La señora R comenzó a trabajar en cuanto pudo, a S lo cuidaba la abuela paterna, que rápidamente empezó a alertar a su hijo y a su nuera que ese bebé era tan silencioso como bello, su crecimiento daba muestras de dificultades. Algo no estaba bien. Después de un deambular interminable pos médicos, hospitales y especialistas que sólo cobraban dinerales que no tenían y que debía pedir prestado, decían no saber qué le... (seguirá el viernes que viene)
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